Celebración de la Misa Crismal en la Arquidiócesis de Tuxtla


Durante la mañana del martes santo, en el corazón de la Arquidiócesis de Tuxtla, se llevó a cabo la solemne celebración de la Misa Crismal, presidida por el señor arzobispo, Mons. José Francisco González González, en comunión con todo el presbiterio diocesano.

Previo al inicio de la Eucaristía, los sacerdotes participaron en un momento de adoración a Jesús Sacramentado, espacio de profunda oración y reflexión en torno al ministerio recibido el día de su ordenación.

Tradicionalmente, la Misa Crismal se celebra el Jueves Santo, día en que también se conmemora la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial; sin embargo, en nuestra diócesis, por motivos pastorales, se realiza en días previos a esta fecha.

Durante la celebración, además de la bendición de los óleos y la consagración del Santo Crisma —que serán utilizados en la administración de los sacramentos a lo largo del año—, los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales, signo visible de su comunión y entrega renovada al servicio del Pueblo de Dios.

Al inicio de la celebración, Mons. José Francisco González González expresó su agradecimiento por el don del ministerio sacerdotal, destacando especialmente a aquellos presbíteros próximos a celebrar sus 25 años de ordenación. Asimismo, agradeció la presencia de Mons. José Luis Mendoza Corzo, obispo auxiliar; de Mons. Felipe Aguirre Franco; así como de los seminaristas, la vida consagrada y los delegados de las parroquias y comunidades, quienes participaron activamente tanto en la Eucaristía como en el traslado de los santos óleos a sus respectivas comunidades.

Durante su homilía, el señor arzobispo reflexionó sobre el don de la unción recibido desde el Bautismo, el cual se hace presente a lo largo de la vida mediante los sacramentos. Subrayó que esta unción, a ejemplo de Jesucristo, nos hace partícipes de su obra redentora.

A la luz de la Palabra de Dios proclamada, explicó que la unción del Espíritu Santo conlleva una misión: anunciar la Buena Nueva, capaz de transformar incluso las realidades más vulnerables. En este sentido, recordó que todos los bautizados, tanto del sacerdocio ordenado como del sacerdocio común, estamos consagrados a Dios para vivir en el mundo sin pertenecer al mundo.

Asimismo, exhortó a los fieles a ser portadores del “buen olor de Cristo” en cada uno de los ambientes donde se desarrollan, invitando a una reflexión profunda: «¿Cuánto hace falta cuidar nuestro bautismo?».

Dirigiéndose de manera particular a los ministros ordenados, los animó a pedir la gracia de la fidelidad a su ministerio y a configurarse cada vez más con Cristo, el Ungido del Padre, siendo “trigo triturado que se hace buen pan”, instrumento para llevar la vida de Dios a los demás.

Al abordar las diversas realidades que enfrenta la sociedad actual, el arzobispo planteó una pregunta que ilumina la misión de todo cristiano: «¿De qué sirve un bautizado, un consagrado que no quiere ser luz para los demás?».

Finalmente, invitó a todos los presentes a cultivar una constante escucha de Dios en el silencio, dejándose fortalecer por el Espíritu Santo en el diálogo continuo de la oración.

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